Seguro que hemos oído muchas veces la frase «la salvación es gratis, no tienes que pagar nada por ella». Y es verdad: la salvación es gratuita para nosotros porque alguien más pagó nuestra deuda.
El precio de la salvación de nuestra alma fue saldado por alguien que ocupó nuestro lugar; alguien que se presentó por nosotros ante el Juez justo, fue juzgado y sentenciado, y sobre quien recayó toda nuestra culpabilidad y condena.
El hecho de no ser sentenciados a la separación eterna de Dios ni condenados al lago de fuego sí tuvo un precio, y fue extremadamente alto; tan alto que jamás habríamos podido pagarlo.
Alguien perfecto, sin mancha y sin pecado pagó esa deuda por nosotros: Jesucristo, el Hijo de Dios. Él fue crucificado por delitos que no cometió, derramó su sangre en el madero y cargó con todo nuestro pecado y maldad para que pudiéramos ser justificados delante de Dios a través de su sacrificio. Como dice la Escritura:
«Porque la paga del pecado es muerte»
(Romanos 6:23)
Cristo pagó nuestra deuda y el precio de nuestra salvación. Todos estábamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23) y condenados a la muerte eterna; pero Cristo nos redimió, pagando lo que jamás habríamos logrado pagar.
Lo maravilloso de todo esto es que lo hizo por amor a nosotros y en obediencia al Padre Celestial. Ahí se manifiesta su extraordinaria gracia: esa gracia inmerecida que nos exime de costear el precio que nos correspondía. Es por medio de su sacrificio que somos declarados justos ante Dios, tal como señala Romanos 3:24: «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús».
En definitiva, el sacrificio de Cristo —su muerte y su sangre inocente derramada por los culpables— es lo que nos otorga una salvación gratuita. Él ya lo pagó todo por nosotros: fue juzgado, condenado, torturado, acusado injustamente y declarado culpable siendo inocente, solo para cancelar nuestra deuda.
Nuestra salvación es gratis porque Cristo ya pagó el precio.